Páginas

lunes, 29 de octubre de 2012

HELLO, HALLOWEEN…




Semana de Todos los Santos. Vísperas de la noche de difuntos. Por cierto, otro «puente» festivo a la vista. Otro más. Y este año van ya… No es que la perspectiva dé miedo. Para muchos, significa más tiempo «libre» para pensar cómo pasa el tiempo o cómo pasar el tiempo. 

Es que uno piensa en estas fechas en relación con el cine, y, hala, le sale enseguida la imagen de Halloween. No, tampoco me quejo de esto. No soy de natural quejoso, ni tampoco de esa clase de puristas y aprensivos, recelosos y timoratos, muy mirados de sí mismos (cuando les interesa), políticamente correctos, que retroceden ante la presencia de celebraciones y costumbres venidas de fuera, extranjeras, foráneas, extrañas. En especial, cuando proceden de América. ¡Oiga usted, querrá decir «de Estados Unidos»! Bueno, como quiera, no se ponga así, caramba, que me asusta…

En estos días de máscaras y mascaradas, de truco o trato, de disfraces y caretas, parece oportuno un homenaje cinematográfico al terror. No hemos dedicado muchas entradas en Cinema Genovés a películas de esta clase. Será porque no son de mi predilección. No sé cuántas habrá; entradas, digo. Pero sí una en particular resultó muy celebrada por el público, al que tanto quiero y que tanto me quiere. Me refiero a Terror tras la puerta. En realidad, bastantes de los films que podríamos evocar esta semana en este espacio ya fueron allí seleccionados con la marca de lo siniestro y aterrador.

Cuando yo de niño iba al cine, los films tenían género. Por aquellos años no puede decirse que teníamos de todo. Lo mismo ocurre hoy. Pero de eso sí teníamos. Sólo que a las películas no las llamábamos «films», sino «películas», tal cual. Las distinguíamos por clases o temas con nombres propios, y tal vez más apropiados que ahora. Antaño decíamos que íbamos a ver una película «de risa», o «de indios y vaqueros» (por ese orden, no sé por qué), o «de policías y ladrones» (lo mismo digo), o «de piratas», o «de romanos», o «de espadachines», y cosas así. Películas «de amor» (o «de besos») veíamos pocas. No eran toleradas.

También veíamos películas «de miedo». A ésas sí nos dejaban entrar al cine. Sin embargo, los primeros recuerdos que tengo de historias de miedo provienen de la televisión. Echaban un programa por aquellos días del siglo pasado que me daba pavor: Historias para no dormir, de Narciso Ibáñez Serrador. El título de aquella serie era muy preciso y anticipatorio, tanto que mis padres no solían dejarme ver los episodios que se emitían cada semana. En esos casos, cuando la cosa se ponía fea, yo me iba a la cama, muerto de miedo, pensando en las narraciones escalofriantes que me estaba perdiendo. Hasta que el sueño me vencía. Asimismo, recuerdo muy bien las películas de Drácula y de Frankenstein.


Con el paso del tiempo, de mayor (esto sí que alarma), cuando el cine de miedo ha llegado a llamarse «de terror», no he seguido mucho el género. Con todo, sí referiré en este momento cinco títulos, cinco nada más, para no impresionarme mucho, que siguen poniéndome los pelos de punta. Ya verán que, en realidad, pocos de ellos cabría encuadrarse sensu stricto en el género en cuestión. Tampoco deseo elaborar un Top Five. Y es que el ámbito del horror —lo mismo que el del humor— es tan particular…

Lirios rotos (Broken Blossoms, 1919, dirigida por D. W. Griffith. Melodrama en estado puro, contiene una de las secuencias, a mi juicio, más pavorosas de la historia del cine. Pocos actores —o actrices, como es éste el caso— han mostrado con tanto realismo la auténtica cara del horror como aquí nos lo demuestra Lillian Gish.


Nosferatu (1922), film dirigido por F. W. Murnau. Nunca el condenado Drácula me ha dado tanto miedo como en esta cinta.


Freaks (La parada de los monstruos, 1932), una película dirigida por Tod Browning. Digo «película» cuando debería decir «pesadilla».


El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991), cinta dirigida por Jonathan Demme. Dejando al margen las escenas «de susto», la historia es aterradora como pocas. Y esa mirada de Anthony Hopkins



La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), producto tramposo, como todos los que dirige Steven Speilberg, pero que recrea con talento cinematográfico el horror más insoportable: aquel que ha ocurrido realmente y puede volver a ocurrir. Porque el Holocausto es la expresión más patente del Mal Radical.

 


Aunque para pasárselo realmente bien en Halloween ante la pantalla, siempre puede uno recurrir a un clásico moderno: Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, 1993), dirigido por Tim Burton. Después de todo, Halloween viene en el calendario antes de la Navidad… 



lunes, 22 de octubre de 2012

CAMAS, CAMEOS Y APARICIONES DE GROUCHO


Lo diré sin rodeos: para mí, Groucho Marx es el cómico más grande de la historia; del cine y del espectáculo, en general. Visiono sin cansancio, una y otra vez, las películas en las que aparece, aunque no haga de protagonista, solo o con sus hermanos. Tampoco me importa que se trate, en efecto, de una «aparición» en sentido estricto, es decir, una participación fugaz, un pequeño papel, en un film. Ni de un cameo, un paseo por la pantalla todavía más breve.

Fotograma de The Big Store (Tienda de locos, 1941)

Hablando de cameos, no sé si saben que en el año 1930, Groucho escribió un pequeño libro titulado Camas. Mientras la Bolsa neoyorquina ya había caído a plomo y la Gran Depresión avanzaba, Julius (verdadero nombre del genio) estaba obsesionado por las camas. Concibió, entonces, algunas situaciones cómicas en relación al mueble principal del dormitorio, se hizo fotografiar con amigas (y amigos) sobre el lecho y en este plan. ¿Por qué esa obcecación por las camas? Tal vez porque buscaba un colchón seguro donde guardar los ahorros…






«En un hotel de Cleveland, mientras me familiarizaba con una interesante cama, nueva para mí, sonó un fuerte golpe en la puerta. Me alisé instintivamente el cabello (la primavera estaba al caer) y pregunté, expectante:
      —     ¿Quién es?
      —     Una carta para usted —respondió el botones.
      —    ¡Échala por debajo de la puerta! —repliqué, alborotándome otra vez el cabello.
      —     No puedo, señor —objetó el botones—. Está en una bandeja.
      Unas horas más tarde, nos despertamos —el “nos” es editorial— al sonar nuevos golpes en la puerta. Era el mismo botones; jamás olvidaré su voz.
      —     Son las seis — anunció.
      —     ¡Pero si dije que me despertaran a las diez! —aullé.
      —     Lo sé —nos informó—. He llamado únicamente para decirle que le quedan cuatro horas de sueño.»


«Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir dónde colgar la ropa.»

*

Mr. Music (1959), film de la Paramount, dirigida por Richard Haydn. En la secuencia, Groucho con Bing Crosby, Charles Coburn y the girls...




En esta otra secuencia del mismo título, Groucho ejecuta una parodia junto a Bing Crosby de la canción Life Is So Peculiar

*


Will Success Spoil Rock Hunter (1957), film de la Twentieth Century Fox, dirigido por Frank Tashlin, e interpretado por Tony Randall, Jayne Mansfield y Joan Brondell, entre otros miembros del reparto. Groucho aparece junto a la Mansfield en una de las secuencias finales recogida en este trailer.

*


En el film de episodios The Story of Manking (1957), Groucho interpreta a un sagaz comerciante holandés que negocia la compra de Manhattan con el jefe nativo de la isla . Al final se queda con la tierra y con la hija del gran jefe...

*



Skidoo (1968) es una enloquecida comedieta de estética hippie realizada por el todo terreno Otto Preminger, director de grandes películas, pero que, asimismo, tanto valía para un roto como para un descosido. Groucho parece estar aquí fuera de sitio. Pero es Groucho, después de todo…



— Fúmate un porro, colega
— Oh, sí, muchas gracias, joven


DESPEDIDA

«La política no hace extraños compañeros de cama. Los hace el matrimonio.» (Groucho Marx)


lunes, 15 de octubre de 2012

EL QUE RECIBE EL BOFETÓN (1924)



Título original: He Who Gets Slapped
Duración: 83 minutos
Nacionalidad: EE UU
Director: Victor Sjöström
Guión: Victor Sjöström y Carey Wilson, a partir de la obra teatral de Leonid Andreyev.
Fotografía: Milton Moore
Música: William Axt (versión restaurada)
Reparto: Lon Chaney, Norma Shearer, John Gilbert, Tully Marshall, Marc McDermott, Ford Sterling, Bela Lugosi.
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer


 Ya hemos tenido oportunidad en Cinema Genovés de hacernos eco del cine realizado por Victor Sjöström, en concreto examinando uno de sus mejores trabajos y, al mismo tiempo, uno de los títulos señeros de la historia del cine: El viento (The Wind, 1928). Y es que sin exageración alguna, sépase que estamos hablando de un personaje number one de la cinematografía mundial. El director sueco de nacimiento, criado y crecido en Nueva York, nos ha legado una producción notabilísima, tanto en su etapa en América como en Europa. Un cineasta total, cuya obra, desgraciadamente, es todavía conocida y valorada por pocos.

Victor Sjöström fue Victor Seastrom en Hollywood. Con este nombre firmó los primeros títulos realizados en los estudios norteamericanos. Y no pudo comenzar con mejor pie. En 1924 rueda  Name the Man para la productora de Louis B. Mayer. El mismo año, un nuevo estudio cinematográfico ve la luz: Metro-Goldwyn-Mayer.

El título elegido para inaugurar la singladura de la nueva corporación es He Who Gets Slapped. Gran estreno mundial, de estudio y de película. La compañía recupera para la ocasión un antiguo logo dormido, Leo el León. Ahora, se despierta y ruge. No para asustar a nadie sino para dar la bienvenida al público espectador, para que pasen y vean el gran espectáculo cinematográfico.


En el reparto del film brillan las crecientes luminarias del nuevo estudio: Lon Chaney, Norma Shearer y John Gilbert. Artistas ya célebres aunque todavía en los comienzos de su carrera. Tras la cámara, un director sensible y riguroso: Victor Sjöström. Basado el guión en la obra teatral del escritor ruso Leonid Andreyev, la historia no puede ser más emotiva y conmovedora, dura y cruda, como la vida misma.

El investigador Paul Beaumont (Lon Chaney) anuncia a su (presumible) protector el Barón Regnard (Marc McDermott) y a su (presuntamente fiel) esposa (Ruth King), que, tras años de estudio y experimentación, acaba de llegar al gran descubrimiento científico labrado durante años de trabajo. El valedor del científico, más que bienhechor o filántropo es, en realidad, un padrino, modelo Corleone. No contento con robarle la esposa, el muy Barón perpetra un plan para hacerse también con la fórmula mágica recién hallada, o sea, la baronía colindante de aquel buen hombre.


El amigo truhán guarda el secreto del incauto sabio (valga la paradoja) hasta el día de ser anunciado formalmente ante la Academia y los colegas, donde oficiará de presentador. Mas, oh, sorpresa, el Barón se presenta ante los asistentes como el único artífice del hallazgo. En reconocimiento, recibe los aplausos del público. El verdadero profesor, chiflado, enloquecido por efecto de la trampa, protesta, y tras encararse con el usurpador, recibe, plash, una bofetada en presencia del respetable, el cual celebra el hecho con jolgorio general, aunque muy poco respetuoso. 

A partir de ese instante, el bueno de Beaumont comprende su fatal destino: vestirse de payaso, enrolarse en la troupe circense y erigirse en el personaje que hace las delicias del gentío espectador, el que recibe las bofetadas de todos sus colegas de profesión. Otra vez. Para siempre.


En la compañía hacen sus pinitos (no Pinito del Oro, aun falta tiempo para eso) dos jóvenes jinetes Consuelo (Norma Shearer) y Bezano (John Gilbert), quienes cabalgan juntos, uno más convencido de la cabalgada que la otra. HE, como es conocido el descubridor, oculto ahora en el disfraz de clown, ama secretamente a Consuelo, cuyo nombre contiene también el significado de un amor transferido. Pero, puestas así las cosas, no pueden acabar bien. Para conocer el final, pasen y vean el mayor espectáculo del mundo. Aplausos, plash, plash.


Victor Sjöström lleva a cabo un extraordinario trabajo, pleno de imaginación y de sugerencias, en el que la narración es marcada (no enfatizada) con insertos de gran fuerza dramática y muy significativos. La importancia del montaje en la producción de un film ya había sido vista e inaugurada por D. W. Griffith. También por la cinematografía rusa de comienzos del siglo XX.

El espectador atento advertirá las importantes influencias que tendrá este film en la obra de directores insignes, por ejemplo, Tod Browning, quien en The Unkown (1927) y Freaks (1932) recreará, con su particular estilo, el universo de Sjöström, los fantasmas y las pesadillas, las glorias y las miserias del planeta humano, que gira y gira siempre hacia un mismo sentido. Con sentido y sin él.



lunes, 8 de octubre de 2012

MORFEO Y ARQUÍLOCO EN EL CINE



Que yo recuerde, sólo una vez en mi vida me he dormido en un cine; mientras la película seguía brillando en la pantalla, quiero decir. Asimismo, creo que sólo en una ocasión (aunque no la misma vez) me he marchado de una sala antes de que terminase la proyección. Sí, sí, daré los títulos a continuación. 

Sin embargo, que nadie sospeche tras esta pequeña crónica (basada en hechos reales) un malicioso señalamiento ni afán de rencor o resentimiento. Tampoco un propósito de saldar cuentas con el pasado o un afán de venganza a posteriori, o un vano empeño de poner en la picota alguna cinta en particular o zaherirla. De ningún modo es mi intención desaconsejar a nadie que se acerque a las dos películas que mencionaré enseguida, si no las ha visto ya sin haberse dormido durante ese trance o haber salido pitando de la sala antes de llegar al final… Como me ocurrió a mí.

Me dispongo a hacer un inocente testimonio, «sin segundas», sin buscar llamar la atención. No se barrunte en esta trivial confidencia una voluntad de regenerarme a fin de volver así a intentar una hazaña fracasada, de la que caí rendido la primera vez. Si se quiere interpretar así, he aquí mi testimonio. Genovés revelado.

Les juro que digo la verdad.




Para ilustrar la escena, he tomado prestadas las imágenes de dos modelos legendarios de la Antigüedad, Morfeo y Arquíloco, dios del sueño en la mitología griega y poeta heleno, respectivamente.

El primer personaje, Morfeo, es de sobras conocido, y si bien su intervención diaria es necesaria en la vida, muchos lo convocan más de lo necesario; sea en el dormitorio, en el sofá del salón, en la butaca de la sala oscura, en un silla, de pie y aun en lugares públicos.

El héroe —o para decirlo con mayor rigor: el antihéroe— Arquíloco acaso no sea tan célebre ni popular, aunque la influencia que ha tenido y tiene en el comportamiento humano es igualmente notable. Hace unos años disertaba yo en un escrito sobre «la figura del poeta griego Arquíloco […] ese luchador que al comprender la ineficacia de la Acción ante la amenaza de la Muerte, decide abandonar el escudo “junto a un matorral” y no seguir combatiendo, pues, según declara, él desea dejar de matar, aunque, más que nada, lo que anhela es que no le me maten a él; su proyecto vital es la aspiración de más vida, de una vida asegurada.» Arquíloco es, entonces, el arquetipo del que huye.

Pero, dejémonos de filosofías. Para decirlo en pocas palabras: con Morfeo uno se queda traspuesto y con Arquíloco uno sale corriendo con lo puesto.




Primer caso. Un cine de Arte y Ensayo en la ciudad de Valencia (Cinema Xerea, creo), sala a la que acudía yo en mis años mozos a ver películas sin freno, sin control, sin perdón. Ya pueden ustedes calcular que estoy hablando de la época de La Yenka: « ♪ Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres… ♪ ». Cuando uno era un inmoderado y se echaba entre pecho y espalda cualquier cosa. Ponían Fitzcarraldo (1982), película dirigida por el realizador alemán Werner Herzog y protagonizada por Klaus Kinski y Claudia Cardinale, entre otros actores que no tuve tiempo de reconocer… Pues sí, me dormí a la mitad de la cinta (se me antojaba una cinta de Moebius), me quedé como un tronco, como un ceporro. Al volver a iluminarse la sala, deduciendo de esta forma que la proyección había terminado, abrí los ojos.




Segundo caso. Me presentaba yo a unas oposiciones para profesor de Filosofía en Madrid. Fíjense ustedes si hará tiempo de esto. O tempora! O mores! Pero ésa es otra historia… Reparen, amigos míos, en lo joven y audaz, lo imprudente e intrépido, que era yo en aquellos tiempos: un día antes de mi intervención ante el tribunal (sí, sí, aprobé, aprobé…), no se me ocurrió mejor manera de pasar la tarde que meterme en un cine… de Arte y Ensayo. Echaban una producción francesa, India Song (1973), bajo la dirección de Marguerite Duras. No sé quiénes salían en la película; me refiero al reparto. De lo que sí estoy seguro es de lo siguiente: transcurridos menos de diez minutos del comienzo de la proyección estaba yo de nuevo en la calle Princesa de Madrid. Corría el mes de julio. Hacía mucho calor y yo me olvidé enseguida de qué demonios había entrevisto en la pantalla. Mi cabeza intentaba recordar todos y cada uno de los Diálogos de Platón.

No he vuelto a intentarlo. Lo de ver aquellas películas, digo.



lunes, 1 de octubre de 2012

SONRISAS Y LÁGRIMAS (1965)


Título original: The Sound of Music
Año: 1965
Duración: 172 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Robert Wise
Guión: Ernest Lehman
Música: Richard Rodgers & Oscar Hammerstein II
Fotografía: Ted McCord
Reparto: Julie Andrews, Christopher Plummer, Richard Haydn, Eleanor Parker, Peggy Wood, Heather Menzies, Charmian Carr, Anna Lee, Marni Nixon
Producción: United Artists
Premios:
5 Oscar: Película, director, sonido, banda sonora, montaje. 10 nominaciones
 Globos de Oro: Mejor película; categoría Comedia o Musical
 Premios David di Donatello: Mejor actriz extranjera (Julie Andrews)

Robert Wise es un director de cine sorprendente. Fíjense bien en su filmografía: más de cuarenta títulos a lo largo de sesenta años de carrera cinematográfica. Para empezar, su meritoriaje en el oficio tuvo… mérito, si se me permite el juego de palabras. Vaya que sí. Se inicia en tareas de montaje (editing en inglés) nada menos que poniendo orden en la imágenes rodadas de películas dirigidas por Garson Kanin, Gregory LaCava, William Dieterle, Orson Welles… Con veintisiete años asume la responsabilidad de montar Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), tarea que vuelve a repetir en El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons (1942). En el año 1944 se coloca, finalmente, tras la cámara y dirige dos films La maldición de la mujer pantera (The Curse of the Cat People) y Mademoiselle Fifi, ambas con Simone Simon como protagonista femenina. Eso para empezar. El resto es historia del cine.

Aborda prácticamente todos los géneros cinematográficos conocidos. En todos ellos se muestra respetuoso con los orígenes y la tradición, lo cual no le lleva a repetirse o simplemente adaptar. Wise no tiene un estilo propio ni es un revolucionario del cine. Vale. Pero, Wise, haciendo justicia a su apellido, es un director que dirija lo que dirija siempre realiza un producto sólido, de calidad, entretenido, honrado, asombroso, maravilloso.

Atendamos ahora al musical. Nada más y nada menos que Wise firma, entre otros trabajos, dos de los títulos imprescindibles en el género: West Side Story (1961) y Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965). Dos obras representativas del musical de Broadway, esto es, estrenados en los teatros de Manhattan antes de ser adaptados a la pantalla. En 1949, Stanley Donen da un gran paso (hacia la calle) con Un día en Nueva York, rodando en exteriores buena parte del film. Robert Wise va ahora mucho más lejos en este empeño y rueda gran parte del metraje de los films citados en las calles de Nueva York y en las montañas y valles de Salzburgo. Las mismas secuencias iniciales de las dos películas, con sendos planos aéreos de los lugares en que transcurren, ya nos dan la pista de lo que viene a continuación.



El principal ingrediente de un musical es la música, ¿no? Pues bien, los responsables de la banda sonora de Sonrisas y lágrimas son Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, autores de la música y la letra de obras tan memorables como Oklahoma!, Carousel, South Pacific, El Rey y yo, además de The Sound of Music, claro está.

Canciones compuestas para Sonrisas y lágrimas, como My Favorite Things, Do-Re-Mi, Edelweiss, So Long, Farewell, constituyen páginas imborrables de la educación musical, cinematográfica y sentimental de millones de espectadores.

La trama, en realidad, no es asunto central en un musical, pero sí es esencial que esté bien expuesta, a poder ser no sólo ilustrada por los números musicales, sino a ser posible expuestos por ellos. Para tal menester el trabajo del realizador es vital. Todo el mundo conoce el argumento central de Sonrisas y lágrimas. Antesala de la anexión de Austria por la Alemania nazi. María (Julie Andrews), «novicia rebelde» según el título del film en América Latina,  es destinada por la madre superiora del convento a hacer de institutriz en casa del capitán Von Trapp (Christopher Plummer), viudo y padre de siete criaturas. El padre de familia está comprometido con la baronesa Schroeder (una madura pero estupenda Eleanor Parker) y se muestra patriota austriaco contrario al Anschluss (la anexión alemana). Al final, el capitán y María huyen del país ocupado, junto a la familia, camino a la libertad, a través de las montañas en dirección a Suiza. No hay explicaciones que dar. Ni falta que hacen. 

La planificación de las escenas, la dirección de actores y, sobre todo, ¡la música! (Hammerstein) y ¡la letra! (Rodgers) de las canciones nos dan noticia del desarrollo de los acontecimientos. Unos pocos ejemplos. El capitán Von Trapp canta la preciosa canción Edelweiss, cuyo estribillo pide la bendición y protección de su amada patria. Otro ejemplo: basta un plano del mayordomo observando desde una ventana de la mansión la huida de la familia para saber quién les ha delatado a los nazis. Y, en fin, la pieza musical So Long, Farewell, inteligente versión de la célebre Sinfonía de los adioses de Joseph Haydn, sirve de pretexto y argucia para que los protagonistas puedan escapar con éxito y sin provocar sospechas; un recurso narrativo muy hitchcockiano (o sea, valerse del entorno y la situación de los personajes para montar las escenas de suspense), y que recuerda, igualmente, la apoteósica huida de la Alemania comunista por parte de un troupe circense en el film Fugitivos del terror rojo (Man on a Tightrope, 1953), dirigida por Elia Kazan.

Lamentablemente, a no pocos aficionados al cine les ha influido negativamente el chiste que, supuestamente, Woody Allen pone en boca de su personaje (valga la redundancia) en el film Hannah y sus hermanas (Hannah and her Sisters, 1986), quien, en plena crisis trascendental, sopesa distintas opciones de salvación personal. A propósito de la «opción Nietzsche», oímos que dice en español que el problema de ésta es que nos conduce a la eternidad (debe referirse a la teoría del eterno retorno): «Fantástico, creo que tendría que volver a ver Sonrisas y lágrimas. No vale la pena...». 

Pues bien, deben saber, amigos míos, que dicha reflexión, más que de una boutade, se trata de una manipulación (otros lo denominarían «libre interpretación»...) urdida por quienes escribieron la versión española de la película. El guión original de Allen, en este punto, dice lo siguiente: «Great. That means I'll have to sit through the ''Ice Capades'' again. It's not worth it.»  Algo así como: «Genial. Esto significa que tendré que asistir otra vez a un espectáculo de patinaje artístico sobre hielo. No vale la pena.» Sólo la frase final coincide. ¡Qué imaginación! ¿O se tratará de otra cosa...? ¿No he recomendado siempre en este blog visionar las películas en versión original? Pues, eso. Para que vean. Para que oigan.

Como lo que no vale la pena es dar pábulo a semejantes paparruchas, disfruten ustedes de verdad, en versión original con subtítulos a poder ser, del musical The Sound of MusicSonrisas y lágrimas. Sin prejuicios y sin excusas. Es el sonido de la música hecho cine.