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lunes, 4 de marzo de 2013

CLARENCE BROWN REVELADO: EL DEMONIO Y LA CARNE (1926)



Título original: Flesh and the Devil
Duración: 109 minutos
Nacionalidad: EE UU
Dirección: Clarence Brown
Guión: Benjamin Glazer
Música: Carl Davis (para la versión restaurada de 1988)
Fotografía: William H. Daniels
Reparto: Greta Garbo, John Gilbert, Lars Hanson, William Orlamond, Eugenie Besserer, Barbara Kent
Producción: Metro Goldwyn Mayer


Clarence Brown es un director de la era dorada de Hollywood tan modélico como olvidado. Aún diré más: representa a la perfección la figura poderosa (en su caso, al tiempo que discreta) del director de estudio (por lo que respecta a este singular cineasta, Metro Goldwyn Mayer). Proveniente, profesionalmente hablando, de la ingeniería y la locomoción constituye —junto a otros célebres personajes del séptimo arte: Howard Hughes, Howard Hawks, William Wellman, Victor Fleming, etcétera— un ejemplo destacable de realizador que llega al arte cinematográfico desde la técnica, y para quien relacionarlo con la «industria del cine» no supone algo extraordinario o exógeno ni, por supuesto, una afrenta o nada de lo que avergonzarse. Sino todo lo contrario.

Esta casta de directores conoce al milímetro el terreno que pisa. Pero no sólo eso: tal dominio del medio y tal oficio no lo han aprendido en una escuela de cine ni en un post-grado ni en un cursillo acelerado, sino que en gran medida contribuyeron con su obra a establecerlo. Porque estamos hablando, sencillamente, de auténticos pioneros del cine.

Greta Garbo, William H. Daniels y Clarence Brown 

Clarence Brown aprendió a dirigir películas al tiempo que las hacía. Esta etapa de formación fue decisiva durante el periodo silente. He aquí uno de los rasgos importantes del director, al que habría que añadir un segundo: su fértil encuentro artístico con el gran mito Greta Garbo. No dudo al afirmarlo: Clarence Brown es por derecho propio —y entre otros muchos méritos cinematográficos— el director de Greta Garbo. 


El capítulo 3 de Hollywood revelado I — «Clarence Brown, un filmmaker entre silencios»— está empeñado en sacar del olvido a este inmenso cineasta:

«Recién llegada a Hollywood, la Garbo se mostraba extremadamente tímida e insegura ante la cámara. No señalamos únicamente un problema de incomunicación, debido al deficiente dominio del inglés de la joven sueca. Desconfiaba de quienes la dirigían y mandaban, lo que impedía que adquiriese confianza en sí misma. En Clarence Brown  halló el conductor adecuado para que aflorasen las dotes interpretativas que guardaba en su interior y la relajación necesaria para controlar el temperamento nervioso que hervía en su ser.

La frialdad en la mirada y el hieratismo en el gesto, una vez cultivados, constituyeron dos rasgos distintivos de la estrella en la escena —y convertidos en iconos de la imagen cinematográfica—, brindando al público los mejores instantes de la actuación de Greta. Había que asegurar dichos tesoros con celo y con tacto. Brown ordenaba despejar el plató en las escenas más delicadas de rodaje con la actriz para evitar que fuese intimidada por la presencia de extraños. Incluso en las secuencias en grupo, las indicaciones que recibía del director simulaban confidencias en voz baja. El retraimiento de la actriz y la discreción del director combinaron a la perfección. El resultado fue cautivador.»

FERNANDO R. GENOVÉS

De todas las películas que hicieron juntos, e incluso de toda la filmografía de Brown, hay un título que me seduce y apasiona muy en particular: El demonio y la carne (Flesh and the Devil, 1926). El triángulo amoroso formado aquí por la Garbo, su compatriota Lars Hanson y John Gilbert alcanza tal nivel de ardor y viveza que literalmente hablando derrite el hielo; véase a este respecto la maravillosa escena final del film, que no revelaré aquí y ahora en atención a quienes todavía no han visionado la película.


Con esta cinta, Brown pone de manifiesto el gran talento que tenía para el melodrama, logrando un romanticismo que se eleva hasta los límites del frenesí y aun de la tragedia clásica. Además hallamos otro detalle muy destacable. Brown, quien no frecuenta apenas el género de la comedia, ofrece en los primeros compases de El demonio y la carne unas secuencias de notable inspiración cómica. ¿Sorpresa? ¿Incongruencia? No, algo completamente normal. La instrucción en el cine mudo formó íntegramente a los cineastas que lo practicaron. Por esta señal reconoceréis el signo del cineasta clásico: quién llegó al cine sonoro desde el cine silente y quién no; o incluso quién sólo se movió dentro de éste (F. W. Murnau) o en él, principalmente (D. W. Griffith, William H. Ince, Herbert Brenon, James Cruce, Fred Niblo).


En suma, película de obligado visionado para todo aficionado al cine.



2 comentarios:

  1. Ni que decir tiene que a mi me parece un cineasta de postín, estupendo post, pero yo al igual que el tío loco que se subía al árbol en Amarcord y gritaba aquello de "quiero una mujer..." le digo "Quiero el libro ya...". Tengo que confesarle que tengo una especial querencia por The Yearling, pelicula grabada a fuego en mi memoria cinéfla infantil.

    Saludos
    Roy

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    Respuestas
    1. Gracias, amigo Roy. Buena idea la de recrear la secuencia de 'Amarcord' para publicitar nuestro libro, sustituyendo el subtítulo por "¡Quiero un ejemplar de 'Hollywood revelado I'...".

      Lo pasaré al Departamento de Comunicación...

      Salucines

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