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lunes, 25 de mayo de 2015

IDIOT'S DELIGHT (1939)


Título original: Idiot's Delight
Año: 1939
Duración: 107 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Clarence Brown
Guión: Robert E. Sherwood
Música: Herbert Stothart
Fotografía: William H. Daniels
Reparto: Norma Shearer, Clark Gable, Edward Arnold, Charles Coburn, Joseph Schildkraut, Burgess Meredith
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)


Decíamos ayer… Quiero decir, tratábamos aquí hace unas semanas, en la entrada-reseña del film EspionageAgent (1939), acerca de la cautela y la prudencia mostradas por Hollywood a la hora de llevar a la pantalla tramas de traza antinazi, en aquellos años en que el estallido de la Segunda Guerra Mundial parecía inminente e ineludible en Europa, cuando Estados Unidos permanecía siendo oficialmente neutral respecto a las partes beligerantes. Además de causas de carácter diplomático, los Estudios temían perder importantes ventas en la distribución de películas en una área significativa del Viejo Continente, si les ofrecía productos específicamente propagandísticos y “comprometidos”... Todo cambió tras el ataque nipón a Pearl Harbor, como es sabido. Pero, ahora estamos centrados en el año 1939, cuando tiene lugar la mejor cosecha cinematográfica de todos los tiempos.
                                        
En enero de 1939 se estrena una extraña película de no menos raro título: Idiot’s Delight, que podría traducirse literalmente como “deleite de idiotas”, si bien, según tengo entendido, en jerga coloquial de inglés canadiense, la expresión remite al juego del “solitario” en las cartas. Una producción A (alto presupuesto) de la MGM, con Clark Gable al frente del reparto, el mismo año en que afianzó su condición de “Rey de Hollywood” al encarnar al personaje de Red Butler en una de las películas más emblemáticas de la historia del cine, Gone With The Wind (Lo que el viento se llevó). Compartiendo cabecera protagonista, Norma Shearer, canadiense ella, astro del celuloide y viuda de oro en el Estudio, tras la muerte de su marido Irving Thalberg en 1936, gran magnate (aunque no el último) de la compañía del león.

He aquí, asimismo, un notable elenco de actores y actrices de reparto, entre  quienes, además de los citados arriba en la ficha del film, sería injusto olvidar a las Blondes, coro femenino de starlets (nada que ver con Scarlett O’Hara) que amenizan el film: Virginia Grey (amante “oficial” de Gable durante varias décadas), Virginia Dale, Paula Stone, Bernadene Hayes, Joan Marsh y Lorraine Krueger (Lana Turner iba a formar parte del grupo rubio, pero un repentino ataque de apendicitis la apartó del mismo, a poco de comenzar el rodaje).


En el guión, el consumado escritor Robert E. Sherwood, miembro de la célebre Tabla Redonda del hotel Algonquin de Nueva York, quien adapta aquí al cine su propia pieza teatral, la cual había cosechado un gran éxito en los teatros y ganado el Premio Pulitzer. En la dirección, ClarenceBrown, uno de los grandes directores del cine clásico y un valor seguro de la MGM, especialista en películas románticas y de acción, pero, ay, no de musicales, y, en fin, director de cabecera (en el mejor sentido de la expresión) de la super-estrella Greta Garbo. Y no obstante todo esto... ya entramos de lleno en la cuestión de la rareza de Idiot's Delight. Desconcertante película, en verdad.

El eslogan “¡Garbo, habla!” iluminó el estreno de un trabajo previo de Clarence Brown con la diva divina, Anna Christie (1930). Lo mismo que el lema “¡Garbo, ríe!” animó y favoreció la promoción de Ninotchka, obra maestra dirigida por Ernst Lubitsch, estrenada, justamente, en el mágico año 1939. Pues bien, en esta ocasión, y por las mismas fechas, a propósito de Idiot's Delight, cabría colgarle el rótulo “¡Clark Gable, baila!” El caso es que, por entonces, Gable ya había hecho casi todo en el cine, menos bailar y cantar...

En este musical a medias que es Idiot's Delight, el Rey interpreta el personaje de Harry Van, veterano de la Primera Guerra Mundial, que tras licenciarse, intenta ganarse la vida en el mundo del vodevil. En la primera parte del film, le vemos moverse con mucho garbo en un coro de bailarines, emulando a Fred Astaire. Y, por si esto fuera poco, en la segunda parte, canta la célebre canción compuesta por Irving Berlin, Puttin in the Ritz, al frente de las Blondes.




Este segundo segmento de la película, parece, en verdad, otra película, a pesar del numerito de Gable. La “primera parte”, en clave de musical, termina con la despedida/separación de Harry e Irene Fellara (Norma Shearer), trapecista que comparte programa de espectáculos con el temerario danzarín y con quien tiene una aventura amorosa. 


Ambos siguen en ese punto sus propios caminos, aunque el destino hará que vuelvan a encontrarse. Años más tarde, Harry, paladín de la compañía de variedades vivificada por las Blondes, lleva a las chicas de gira por Europa. Ya estamos en la “segunda parte". Año 1939, los tambores de guerra anuncian la segunda gran conflagración del siglo. Tanto es así, que el libre movimiento de personas en el Viejo Continente se hace empresa difícil y peligrosa. La prudencia aconseja que la troupe se traslade a Suiza, en espera de lo cual encuentran hospedaje en un hotel de frontera, en un lugar no especificado de los Alpes. A los pies del albergue, una pista de aterrizaje de aviones militares hace recordar, en todo momento, a los huéspedes en qué mundo y en qué días viven.

Los clientes del hotel son de lo más variopinto, gente chocante; en su mayor parte, estrafalaria: un científico alemán que vive en las nubes (Charles Coburn), un pacifista enloquecido (Burgess Meredith), una pareja de ingleses recién casados y, en fin, un circunspecto tratante de armas (Edward Arnold). Acompaña a este caballero una pomposa y presumida aristócrata rusa (blanca), con muchos humos, así como con todo el aire de una reaparición de la volatinera Irene, ahora especialista en otros malabarismos, y la traza incomparable de Greta Garbo. Imitar a Garbo lleva necesariamente a la parodia. Y esto es lo que ocurre. Brown quería para el papel de Irene a la sueca de oro, pero no fue posible. De modo que hubo que recurrir a Norma Shearer para hacer de Garbo. No me negarán que no es raro.


Sea como fuere, admira el sano sentido del humor y la resuelta disposición a la autoparodia del cine norteamericano. Aparte del transformismo de la Shearer, ¡Gable, canta y baila! sin vergüenza alguna. En secuencia posterior a la del show de Clark, la farsante aristócrata le sugiere que debería retirarse del oficio de bailarín, sugerencia que acepta y anuncia poco después a las Blondes; desde ese mismo momento, se limitará a dirigir a las chicas, que se mueven mejor que el Rey.


Harry ha reconocido a Irene desde el principio, a pesar de su disfraz de Garbo rubia platino, aunque participa del enredo hasta el final. O mejor será decir los finales; lo cual nos lleva, para acabar, con el motivo del comienzo de este texto. Por los motivos extra-cinematográficos arriba señalados, Brown rodó dos secuencias finales de Idiot's Delight

Por fin, hay vía libre para pasar a Suiza, y el personal se prepara para la salida del hotel y cruzar la frontera. La expatriada rusa no tiene los papeles en regla y el traficante de armamento la deja plantada. Harry decide, a última hora, quedarse con la antigua amante. Tras los enormes ventanales del salón del hotel, se desencadena una batalla aérea de tono apocalíptico: el fin del mundo ha reunido, finalmente, a los dos extraños enamorados.


Final 1 (versión internacional): Harry e Irene (desvelada, aunque todavía con peluca platinada) hacen frente a la cataclismo desatado en el exterior, que amenaza con destruir el interior, cantando. Acompañándose del piano, Gable, que ¡vuelve a cantar!, entona un himno patriótico, hasta que el bombardeo cesa y parece llegar la calma (¿la paz perpetua?).


Final 2 (versión doméstica): en lugar del himno patriótico, Harry e Irene ensayan el número de espectáculo que en primera parte del film habían proyectado realizar juntos en el teatro.


La estratagema dual no pareció funcionar, porque la Segunda Guerra Mundial estalló a pocos meses de estrenarse la película. Bien es verdad que tampoco funcionó la película. Pero esto sí se me antoja menos raro…


lunes, 18 de mayo de 2015

EL CASO WINSLOW (1948)


Título original: The Winslow Boy
Año: 1948
Duración: 117 minutos
Nacionalidad: Reino Unido
Director: Anthony Asquith
Guión: Terence Rattigan y Anatole de Grunwald, a partir de la obra teatral del propio Terence Rattigan
Música: William Alwyn
Fotografía: Frederick Young
Reparto: Robert Donat, Cedric Hardwicke, Basil Radford, Margaret Leighton, Kathleen Harrison, Francis L. Sullivan, Marie Lohr, Jack Watling, Walter Fitzgerald, Frank Lawton, Neil North, Nicholas Hannen
Producción: British Lion Film Corporation


Ambientada en la Inglaterra de principios del siglo XX, El caso Winslow refiere una ejemplarizante y, al mismo tiempo, emotiva historia sobre la defensa del individuo contra la presión de los Gobiernos. Una lucha trágica por lo que tiene de heroica, pero a la vez turbadora, desgarradora y costosa. En la pugna contra el Poder, uno tiene siempre las de perder, aun cuando gane, pues muchas son las heridas que debe lamerse, curar y cicatrizar tras la escaramuza o litigio. Por ello resulta de tanto valor (especialmente, en sentido moral) la gesta del héroe para quien el gesto es lo que importa: frenar con firmeza la injusticia y luchar por lo que consideramos correcto.

Terence Rattigan, el director Anthony Asquith, y Neil North en el set de rodaje del film

Basado en un hecho real, el dramaturgo Terence Rattigan estrenó en Londres, año 1946, la obra The Winslow Boy (El chico de los Winslow) centrada en el célebre caso Winslow contra la Corona, el cual tuvo importante repercusión social, política y jurídica en el Reino Unido de la época en que sucedieron los hechos. Ajustándose fielmente al texto, el cine ha conocido dos versiones: en 1948, la producción británica dirigida por Anthony Asquith y protagonizada por Neil North (Ronnie), Robert Donat (Sir Robert Morton), Sir Cedric Hardwicke (Arthur), Margaret Leighton (Catherine); y en 1999, la producción norteamericana dirigida por David Mamet, con el siguiente reparto principal: Nigel Hawthorne (Arthur), Rebecca Pidgeon (Catherine) y Jeremy Northam (Sir Robert Morton). 



Los dos films son excelentes, si bien me he decantado en la presente entrada por reseñar la primera versión, atendiendo preferentemente al gran valor de las magnificas interpretaciones llevadas allí a cabo por el elenco actoral. Pero, vayamos a los hechos.

En el año 1912, Ronnie Winslow, un cadete de catorce años de edad, que cursaba estudios en el Royal Naval College (institución militar), fue expulsado del centro bajo la acusación de haber robado a un compañero del centro un giro postal de cinco chelines. Sin opción a defenderse, el muchacho es castigado sumariamente, aunque sin proceso formal; sencillamente, devuelto a casa de sus padres, bajo el estigma del oprobio y la humillación. El padre, Arthur Winslow, persona íntegra y de honor, le pregunta dos veces a su hijo menor si es culpable o inocente. El joven Winslow responde en ambas ocasiones: inocente. Esto basta para el progenitor, convencido de que la mentira no habita en el hogar que se ha esforzado por crear, junto a su esposa, y los dos hermanos mayores de Ronnie: la muchacha, una moderada sufragista, y el primogénito, estudiante en Oxford y apasionado de los bailes de moda.



Arthur Winslow, no dispuesto a aceptar tamaña afrenta, solicita a Sir Robert Morton, célebre abogado londinense y miembro del Parlamento, que se haga cargo el caso, demande a la institución educativa-militar y exija una rectificación y reparación de daños, para lo cual la Ley obliga a una Petición de Principios [Petition of Right], porque la naturaleza de la demanda afectaba al dominio del Corona (considerada infalible…). Pronto, el jurista asuma con determinación la causa. Y con pasión, a medida que los organismos señalados se resisten a retractarse, subiendo incluso el tono de su discurso: el que ofende suele hacerse el ofendido.

En una sesión parlamentaria, que aborda el asunto, el primer ministro llega a afirmar: «en ciertos casos los derechos particulares deben ser sacrificados por el bien común. Además... ¡el Gobierno de Su Majestad no se dejará intimidar por las amenazas o actitudes grandilocuentes vengan de donde vengan!» Palabras mayores éstas, lanzadas contra una sociedad, como la anglosajona, donde los principios liberales y de respeto a la persona son generalmente asumidos y aun tenidos por sagrados (en el sentido, de inviolables). Un prontuario, en fin, que:

 […] siempre motivó al ciudadano inglés, y que espero que siempre siga motivando, donde quiera que esté. En su castillo, en su patio trasero o en la casa más humilde de la esquina de la calle más humilde: «Que se haga lo correcto» [Let right be done]. (Sir Robert Morton)



El pleito se alarga durante más de dos años, lo cual causa importantes quebrantos en la familia Winslow, cuya unidad e integridad es esencial para la marcha del mismo. El padre ve quebrantada la salud como consecuencia de la tensión y la gravedad del asunto. La economía familiar sufre un duro golpe al tener que afrontar grandes gastos, provocando, entre otros efectos, que el hijo mayor abandone los estudios en Oxford y la hija pierda su dote con vistas a una próxima boda. Aunque bastantes conocidos apoyan su actitud, el alboroto y la ruidosa publicidad del caso incomodan a las personas discretas, como los Winslow, y todavía más en la timorata y excitable sociedad postvictoriana.

Finalmente, el tribunal falla a favor del demandante, y la Corona, mediante declaración pública del Almirantazgo, pide las correspondientes excusas y rehabilita el honor de la familia Winslow. Magnífica secuencia la que cierra el caso y el film.

En la vivienda, el padre y la hija Catherine, su más fiel aliada durante la larga querella, reflexionan sobre el futuro y las consecuencias de la misma. De pronto, irrumpe la criada, exultante y jubilosa, en el salón, informando del feliz desenlace. ¿Feliz? En la calle se arremolina la multitud entonando el himno a la alegría: «For He's a Jolly Good Fellow» (Porque es un buen muchacho) . ¿Alegría? Entra en escena el chico de los Winslow, quien estaba en el cine y la madre, que estaba de compras (la vida debe continuar). A continuación, Sir Robert Morton comparece dando cuenta formalmente a la familia de la resolución, la cual es leída en voz alta. Silencio y circunspección en los Winslow, gesto serio en el abogado Morton, lo que contrasta con el bullicio exterior y entre el servicio doméstico. Amarga victoria, después de todo. Aunque necesaria.


A fin de suavizar la situación, y aportarle un tono de satisfacción (o acaso también, consolador y de recompensa), el film se cierra con un rayo de dichosa expectativa en la vida de los Winslow. Catherine despide al abogado en la puerta trasera de la casa, para evitar así la conglomeración en la entrada principal:

Sir Robert Morton: Lloré hoy [tras escuchar el fallo judicial] porque se hizo lo que era correcto.
Catherine: ¿No justicia?
Sir Robert Morton: Justicia, no. Lo correcto. Es fácil hacer justicia. Difícil es hacer lo correcto. Pero se hizo lo que era correcto. [Enciende un cigarrillo. Ofreciendo otro a la muchacha]. ¿Fuma?
Catherine: Por supuesto. No sabía que usted fumara.
Sir Robert Morton: A veces lo hago. En ocasiones… muy especiales. ¿Aún se dedica a las actividades feministas?
Catherine: Oh, sí.
Sir Robert Morton: Qué pena. Es una causa perdida.
Catherine: Conoce usted muy poco a las mujeres, Sir Robert. Adiós. Creo que no nos veremos más.
Sir Robert Morton: ¿Eso cree? Conoce usted muy poco a los hombres, Srta. Winslow.




lunes, 11 de mayo de 2015

STARS IN MY CROWN (1950)



Título versión española: Estrellas en mi corona
Año: 1950
Duración: 86 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Jacques Tourneur
Guión: Margaret Fitts y Joe David Brown, a partir de la novela de Joe David Brown
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Edgar Schoenbaum
Reparto: Joel McCrea, Dean Stockwell, Alan Hale, Ellen Drew, Lewis Stone, James Mitchell, Amanda Blake, Ed Begley, Connie Gilchrist, Charles Kemper
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)


Película no estrenada en las salas comerciales de cine en España (aunque sí ha sido emitida en las cadenas de televisión), Stars in my Crown (1950) es un título sobresaliente en la historia del cine, una obra maestra, por decirlo en dos palabras. Y, a mi juicio, el mejor trabajo del director Jacques Tourneur. Sí, sí, incluso por superior a su film más renombrado, Retorno al pasado (Out of the Past, 1947). Ocurre que esta soberbia cinta constituye un clásico del género policiaco, lo que no es poco. Pero, Stars in my Crown apunta más alto todavía: es un clásico total, una obra realizada en estado de gracia, una síntesis maravillosa de buen oficio y de emoción a flor de piel. Una obra que debe verse.

Y es el caso que la conmovedora historia contenida en Stars in my Crown supone a su vez, para los protagonistas y el espectador, un retorno al pasado… Una voz en off abre el film con aires de nostalgia y nos acompaña durante todo el metraje. La añoranza del pasado, de los viejos tiempos en una infancia feliz, habla en boca del personaje John Kenyon, quien toma cuerpo de mocedad en un pueblo sureño de Estados Unidos, papel encarnado por Dean Stockwell, entrañable y muy buen actor infantil. Nos cuenta aquellos maravillosos años de la adolescencia en que, según confiesa el chaval a un amigo, echados ambos sobre un monte de heno tirado plácidamente por un carro, que sí fuese Dios, haría que todo el año fuese verano, estación cálida y de recreo continuo.



Sólo pensando en ir a pescar con el viejo vecino negro Famous (Juano Hernández), descubriendo el mundo con los compañeros de aventuras, esperando la llegada de los feriantes ambulantes que les transporta a un firmamento de magia y prodigios, y volviendo a casa donde le aguarda una enorme tarta de chocolate sobre la mesa de la cocina. También cantando los domingos en la iglesia Stars in my Crown y otros himnos de la alegría.

En el hogar y la vida de John —también en la parroquia— está, por encima de todo y en lugar preferente, Josiah Gray (Joel McCrea), pastor de la iglesia, a quien toma por —y quiere como— a un padre. Parson/Gray es persona gentil y un tipo fuerte y valeroso, su héroe, a quien sigue y cuyos gestos y movimientos imita: deliciosa secuencia en la que uno tras otro pasan el dedo por la superficie del pastel recién preparado en la cocina, y así saborear el dulzor del chocolate, tanto como la complicidad de la travesura compartida.




La novela escrita por Joe David Brown y la versión cinematográfica de Stars on my Crown realizada por Jacques Tourneur, remiten a grandes clásicos de la literatura y el cine, a los mundos recreados por Mark Twain (Tom Sawyer y Huckleberry Finn), por Thornton Wilder (Our Town; historia llevada al cine en 1940 por Sam Wood), también por Harper Lee, autora de la novela Matar a un ruiseñor (1960), llevada al cine por Robert Mulligan en 1962. Muchos son los paralelismos que pueden trazarse en estos casos, entre algunos otros más. 

Porque si el joven John es un sosias de los héroes del río Mississippi y el pueblo de Stars in my Crown es nuestra ciudad, la "ciudad en la cima" del imaginario norteamericano, Josiah Gray es, sin ninguna duda, el referente y modelo del celebérrimo Atticus Finch.

Stars in my Crown contiene múltiples, ricas y evocadoras facetas en una narración rebosante de contrastes. Porque lo que en otras manos fuese conformado una dulzona, sensiblera y aun cursi cuento rural de hadas y habas, en este maravilloso film hállase un inteligente y enternecedor relato de tan alta humanidad que no oculta ni maquilla los conflictos que en ella concurren ni sus lados oscuros.


Gray es Parson (pastor religioso), pero al mismo tiempo, veterano de la Guerra Civil americana, hombre duro y con principios que no se deja amedrantar fácilmente. Ni tampoco que corta de usar un cuchillo, empuñar el látigo o desenfundar el revólver cuando es menester a fin de imponer el orden y la justicia en la comunidad. 

Su relación, por ejemplo, con el  joven doctor Kalbert Harris (James Mitchell) sugiere un choque de competencias, una aguda contienda entre religión/fe y ciencia/razón, que acaban armonizándose. Ambos personajes tienen sus criterios y puntos de vistas propios, pero, asimismo, sus dudas e incertezas, sobre la vida, en general. Y, en particular, en cómo afrontar la epidemia de fiebres tifoideas que golpea a los habitantes de la localidad. 

Hermosísima la secuencia en la que el médico sale de la vivienda de la maestra —y novia— Faith (Amanda Blake), quien ha contraído la enfermedad y ha sido desahuciada por el propio doctor, cruzándose en la puerta con Gray, que le releva. Arrodillado al lado de la cama de la falleciente Faith, Parson reza en silencio. De pronto, los visillos que cubren las ventanas de la habitación se hinchan por efecto de una suave y saludable brisa, un soplo de vida llega hasta la cabecera de la muchacha, quien poco a poco comienza a despertar del sueño, a revivir.


La gente del pueblo de Stars on my Crown es, por lo general, simpática y hospitalaria, pero no faltan granujas, como en todas partes. Hay un grupo de villanos, capitaneados por un tipejo que hostiga al viejo Famous con el propósito de que le venda su propiedad para así ampliar un negocio. El humilde pero perseverante Famous se resiste una y otra vez a la oferta, llegando a ser intimado por sujetos disfrazados de fantoches del Ku Klux Klan para quebrar su voluntad. No menos notable es la secuencia en la que Gray/Parson, observado por el joven John, hace frente a la turba, no con violencia, sino con una inteligente estratagema en la que va revelando, por sus nombres, la identidad encapuchada de los bribones, logrando hacerles retroceder y que vuelvan a sus casas.


Gray no es abogado ni es mundialmente conocido, como lo es Atticus Finch. Pero, sabe resolver situaciones beligerantes y peligrosas con energía e ingenio, sin recurrir a la violencia. Al menos, en algunas ocasiones, como en ésta. Un película de cinco estrellas.


lunes, 4 de mayo de 2015

THE SECRET SIX (1931)


Título versión española: Los seis misteriosos
Año: 1931
Duración: 83 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: George W. Hill
Guión: Frances Marion
Fotografía: Harold Wenstrom
Reparto: Wallace Beery, Lewis Stone, Johnny Mack Brown, Jean Harlow, Marjorie Rambeau, Paul Hurst, Clark Gable, Ralph Bellamy
Producción: Cosmopolitan Productions / Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Hoy en día, mencionar al director George W. Hill (1895-1934) no dirá gran cosa a la mayor parte de aficionados al cine. Todo lo más, puede que algunos lo confundan con un cineasta posterior de nombre semejante: George Roy Hill (1921-2002), realizador de Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), entre otros populares títulos. El George Hill del que hablamos esta semana en Cinema Genovés, el primero de ellos, nos remite a los primeros compases de la historia del cine y, más en particular, a la productora Metro-Goldwyn-Mayer recién constituida, gran estudio en el que el cineasta se afirmó como un valor seguro, hasta su temprana muerte. 

Durante el rodaje del film The Good Earth (1937), basado en la muy celebrada novela de Pearl S. Buck, el director se suicidó, siendo aparcada la producción durante varios años, hasta que Sidney Franklin la concluyó. Quedó así dramáticamente truncada una filmografía limitada a dos decenas de títulos, algunos de bastante interés. Entre ellos, The Secret Six (Los tres misteriosos, 1931).

Interesante, en primer lugar, por tratarse de una de las obras pioneras del género gángsters, a partir de cuya datación llegó a constituirse en un registro muy destacado en el cine de aquellos años de la Ley Seca y la Gran Depresión. Ciertamente, The Secret Six no cabría encuadrarlo en el grupo privilegiado de clásicos del género, si bien contiene elementos estimables. El reparto no es el menor de ellos.


Louis “Slaughterhouse” Scorpio, papel interpretado por un muy convincente Wallace Beery, una de las estrellas de MGM por entonces, es el protagonista de una trama clásica: el ascenso y caída de un capo del hampa. Empleado en una fábrica de conservas cárnicas (de ahí que reciba el apodo de “Matarife”, tan gráfico como alusivo de sus consecutivos quehaceres), es reclutado por Johnny Franks, un matón con malas pulgas que llega a cargale el muerto a Scorpio de un ajuste de cuentas a su cargo, librándose de paso de un probable competidor en la jerarquía de la organización criminal. El papel de Franks es encarnado por Ralph Bellamy, actor que brinda aquí una imagen muy distinta de la que caracterizará su carrera, o sea, un tipo melifluo y un buen chico. La mencionada bribonada que le gasta el entonces jefecillo de la banda (y su consecuencia) está resuelta de manera muy ingeniosa.

La policía acude al despacho del matón (situado en el piso superior del garito que dirige y sirve a la vez de cuartel general de la banda), donde comparte confidencias con Newton (Lewis Stone), abogado corrupto y alcoholizado que representa la cara amable y elegante del grupo hampón. El letrado intenta con poco éxito hacer de Scorpio un hombre de negocios que pueda vestirse de chaqué sin que le delate su doble condición de matarife y de gatillo fácil inclinado al matarile, cuando de delicado sólo tiene el hecho de no beber alcohol, sólo leche.


Los agentes desean saber la identidad del responsable de un crimen reciente. Franks, desconcertado al principio, señala a Scorpio y el lugar donde localizarlo. A continuación, tira a la papelera la botella de leche reservada para éste, dando a entender que no va a ser consumida. Scorpio sólo es herido tras la encerrona y la consecutiva refriega. Al volver a la oficina, con el brazo izquierdo sangrante, repara en la botella del blanco líquido, tumbada como un ataúd en el cesto de residuos. Rápidamente, con la mano derecha desenfunda el revólver y dispara contra el truhán que acaba de traicionarle. Consigue así ponerse al frente de la banda, aunque su reinado será corto. Ya se sabe que en las películas de aquellos años, el criminal nunca gana…

En un descanso del rodaje de The Secret Six (1931)
Dos estrellas del cine, todavía en su etapa ascendente, dan aún más relumbrón al reparto de The Secret Six: Clark Gable y Jean Harlow, en la primera de las cinco películas en que aparecen juntos. Las restantes, donde ya forman pareja protagonista son: Red Dust (Tierra de pasión, 1932. Victor Fleming); Hold Your Man (Tú eres mío, 1933. Sam Wood); Mares de China (China Seas, 1935. Tay Garnett); Entre esposa y secretaria (Wife vs. Secretary (1936. Clarence Brown) y Saratoga (1937. Jack Conway). 




Durante el rodaje de este último film, Harlow enferma gravemente y es ingresada en una clínica, a pesar de la prolongada resistencia de su madre, una fanática naturista. Pero, ya es tarde, la estrella se apaga poco después. Nace en el firmamento cinéfilo otro mito de la pantalla…