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lunes, 19 de diciembre de 2016

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sábado, 3 de diciembre de 2016

UNO, DOS, TRES (1961). COMEDIA, TIEMPO Y OPORTUNIDAD (2)


Título original: One, Two, Three
Año: 1961
Duración: 108 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder, I.A.L. Diamond, a partir de la obra teatral de Ferenc Molnár
Música: André Previn
Fotografía: Daniel L. Fapp
Reparto: James Cagney, Pamela Tiffin, Horst Buchholz, Arlene Francis, Liselotte Pulver, Howard St. John, Red Buttons
Productora: United Artists

En un post anterior (valga la paradójica expresión) de Cinema Genovés reflexionábamos sobre la relación que mantiene la comedia, en su vertiente cinematográfica, con las categorías de tiempo y oportunidad, tomando como ejemplo, en una primera entrega —o toma (take)—, el film Ser o no ser (To Be Or Not To Be, 1942), dirigido por Ernst Lubitsch.

En 1961, Billy Wilder, discípulo aventajado del director berlinés, estrena Uno, dos, tres (One, Two, Three), una película ambientada, precisamente, en el Berlín de aquellos años. He aquí una nueva ocasión para seguir tratando sobre dicho asunto. Toma dos…



Hoy —o mejor, desde hace bastantes décadas— las carcajadas están garantizadas en cada pase, público o privado, del film. Para muchos aficionados al cine, si bien no cabe situarlo entre lo mejor de lo realizado por el cineasta nacido en Sucha (actual Polonia; sospecho que el director español Luis G. Berlanga prefería decir «en el Imperio Austrohúngaro»…), sí suele considerarse como unas de las más divertidas e hilarantes de su filmografía. Sin embargo, en el momento de su estreno, la cinta hizo poca gracia al público, muy en particular, a los berlineses. De esta manera, sincera y discreta, relata el biógrafo de Wilder, Hellmutt Karasek, lo sucedido:

«La película no se recuperó de la construcción del muro [empezado a erigirse en el verano de 1961]. Durante el rodaje pasó de ser una farsa a ser una tragedia, o peor: tendría que haberlo sido. Porque de pronto, todo aquello que era divertido y exageradamente gracioso —una brillante sátira del conflicto Este/Oeste— producía el efecto de una cínica sonrisa. Cuando la película se estrenó en Berlín, en diciembre de 1961, el Berliner Zeitung escribió con amargura: “Lo que a nosotros nos destroza el corazón, Billy Wilder lo encuentra gracioso”.» (Hellmutt Karasek, Nadie es perfecto, traducción de Ana Tortajada, Grijalbo, Barcelona, 1993, pág. 376)


Billy Wilder era un cínico fenomenal. Pero, no nos confundamos de ámbito, un cínico en el plano cinematográfico, no —necesariamente— en el personal. Cuando en el año 1986, One, Two, Three es reestrenada en Alemania, tuvo un éxito enorme. Lo que en 1961 no resultaba gracioso, veinticinco años después hacía a los espectadores germanos retorcerse de la risa. ¿Cómo explicar semejante circunstancia? ¿Cómo descifrar este presunto misterio? El responsable principal de la desternillante comedia, con 80 años cumplidos, hace memoria y se explica públicamente:

«Un hombre que corre por la calle, se cae y vuelve a levantarse es gracioso. Uno que se cae y no vuelve a levantarse deja de ser gracioso. Su caída se convierte en caso trágico. La construcción del muro fue una de esas caídas trágicas. Nadie quería reírse de la comedia Este/Oeste que tenía lugar en Berlín, mientras había gente que, arriesgando su vida, se tiraba por las ventanas para saltar por encima del muro, intentaba nadar por las alcantarillas, recibía disparos, incluso moría de un disparo. Naturalmente, también se puede bromear con el horror. Pero yo no podía explicarles a los espectadores que había rodado Uno, dos, tres en circunstancias distintas a las que reinaban cuando la película se proyectó en los cines».

¿Son éstas las maneras y las palabras de un hombre cínico? Creo que no.

Junto a su colega I. A. L. Diamond, Wilder construyó un guión trepidante, zigzagueante, una moderna screwball comedy, según expresión inglesa (en sentido literal, dicho género busca conseguir con las imágenes y los diálogos un efecto similar al pretendido con el buen lanzamiento de la pelota en el baseball). 


El resultado es una cinta con una trama endiablada, cuyo mismo título invita al paso ligero, a la galopada fílmica, al movimiento continuo. El desarrollo argumental al trote mantuvo al reparto sin aliento durante el rodaje. Con muy buen criterio, Wilder eligió como protagonista principal del film al vivaracho James Cagney, uno de los actores más frenéticos y correosos de la historia del cine, capaz de lanzar parrafadas como quien dispara una ametralladora… o un lanzallamas. Aun contando con 62 años de edad durante el rodaje, Cagney mantiene el tipo de maduro ejecutivo agresivo con ganas de marcha, bordando el papel de tipo fullero y manipulador; un poco borde, la verdad.


El argumento, trufado de unos diálogos cáusticos y mordaces, no deja títere con cabeza. C.R. MacNamara (James Gagney), una versión de general MacArthur al frente de la división de Coca-Cola en Berlín, se esfuerza por tener bien disciplinada la tropa a sus órdenes, al tiempo que hace méritos en la empresa con el fin de ser promovido a la plaza vacante de Londres (que no tiene que ser necesariamente Picadilly Circus), como culminación de su ascendente carrera en la fábrica de la famosa bebida. 



El lema de Coca-Cola —«la pausa que refresca»— no puede ser más irónica y socarrona, al presidir una película que sólo frena con el rótulo «The End». Scarlett (Pamela Tiffin), hija pizpireta y tarambana del comandante en jefe de la empresa con sede en Atlanta, de viaje por Europa, aterriza en Berlín en una escala de vuelta a casa. Durante la estancia en la ciudad, el padre confía a MacNamara el cuidado y protección de la joven. 


Ello revoluciona la estructura montada por aquél, en particular, al casarse de improviso la escarlata muchacha con Otto Piffl (Horst Buchholz), joven agitador comunista procedente del gélido Berlín Este (aunque no lleve calzoncillos, esa prenda burguesa). A ver cómo le explica el delegado MacNamara a su superior semejante cohabitación y entente íntima en plena Guerra Fría.

Scarlett: Pasa, pasa, Otto. Este es el Sr. MacNamara. Mi esposo... Otto Ludwig Piffl.
MacNamara: ¿Piffl? Era de esperar. ¿Dónde lo encontraste? Ni usa calcetines.
Scarlett: Tampoco usa calzoncillos. ¿No es emocionante?


Ingenioso, ¿verdad? Divertido, ¿no es cierto? No obstante, las bromas wilderianas no hicieron mucha gracia ni a los rusos ni a los norteamericanos ni a alemanes. La película, sencillamente, no funcionó en taquilla tras su estreno, representó de hecho un tremendo contratiempo en la obra cinematográfica de Wilder, marcando, a mi parecer, el punto de inflexión en la misma.

En la filmografía del cineasta, Uno, dos, tres está situada a continuación de El apartamento (The Apartment, 1960), su trabajo más premiado y alabado; para muchos, la cima de su carrera. Tras el fracaso de One, Two, Three, Wilder, consciente de la delicada situación en que se encontraba, apostó por repetir, con variaciones, la fórmula exitosa anterior, reuniendo de nuevo a la pareja Jack Lemmon y Shirley MacLaine en el film Irma la Dulce (Irma La Douce, 1963). La comedia, ambientada en París, tiene esta vez una muy buena recepción por parte del público, aunque se trate de un trabajo muy irregular y desequilibrado, que decae en la segunda parte hasta casi rozar el ridículo; una película muy discreta que presenta serios síntomas del comienzo del crepúsculo de un grande del cine.

Después de Irma la Dulce, todavía le quedó fuerza e ingenio (el que tuvo, retuvo) para filmar algunos buenos momentos fílmicos. Pero, ni rastro de sus cumbres anteriores; incluso, realizando desafortunadas parodias de éstas: Fedora (1978) o Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981). Sucede, sin más, que ésos eran otros tiempos, distintos de aquéllos; o por precisar más: el tiempo del Wilder había terminado. Tuvo su oportunidad, que no desaprovechó. Pero, esa es otra historia…



Algunos aspectos de este asunto han sido tratados más extensamente en mi libro, Cine,espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012)