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domingo, 16 de abril de 2017

A LA DERIVA (NAGARERU, 1956)


Título original: Nagareru (título en inglés: Flowing)
Año: 1956
Duración: 117 minutos
Nacionalidad: Japón
Director: Mikio Naruse
Guion: Toshirô Ide y Sumie Tanaka a partir de la novela de Aya Koda
Música: Ichirô Saitô
Fotografía: Masao Tamai
Reparto: Kinuyo Tanaka, Isuzu Yamada, Hideko Takamine,  Mariko Okada,  Haruko Sugimura, Sumiko Kurishima,  Chieko Nakakita,  Natsuko Kahara,  Seiji Miyaguchi
Productora: Toho Company


- Someka (Haruko Sugimura): Estoy llorando porque mi amante me ha dejado. ¡No sabes nada de hombres!
- Kaysuyo (Hideko Takamine): ¿Qué hay de bueno en conocer (a los) hombres?
- Someka: ¿De qué se cree su hija que está hablando? ¡Así que las mujeres no dependen de los hombres! ¿Es eso cierto, señora?
- Kaysuyo: ¡Mamá!
- Otsuta (Isuzu Yamada): ¡Basta, Katsuyo!
- Someka: ¡Y cree que las mujeres no dependen de los hombres! ¿Verdad? ¡Dice que las mujeres no necesitan a los hombres!
- Kaysuyo: ¡Mamá!

En este central e intenso diálogo entre tres de sus personajes principales se encuentra la llave comprensiva que abre la puerta por la que penetramos en el interior de la morada en que transcurre buena parte de A la deriva (Nagareru [Flowing], 1956), extraordinario film dirigido por MikioNaruse en uno de los momentos más productivos de su carrera cinematográfica (en dicho año estrena también Shû-u/Sudden Rain y Secreto de esposa [Tsuma no kokoro/A Wife's Heart]). La mayor parte de las reseñas y fichas que pueden leerse sobre Nagareru reparan más en el continente que en el contenido; señalan la superficie, mas ignoran el fondo de aquello que acontece. Acaso no advierten que nos hallamos ante una obra particularmente ambiciosa y compleja en el universo del cine de Naruse, una cinta inusualmente larga (casi dos horas) para los parámetros habituales en que nos tiene acostumbrados el cineasta tokiota, aunque no sea ésta (el metraje) la razón fundamental de su relevancia.

Ocurre, simplemente, que en A la deriva, Naruse, junto a sus guionistas, afronta un drama coral en que intervienen, principalmente, siete mujeres, cuya vida fluye: acercándose en algunos casos a la desembocadura; en otros, a la mitad del trayecto vital; en otros, en fin, al comienzo de una travesía cuyo destino se desconoce, y en buena medida, inquieta. Seis mujeres, y una niña, a la deriva, sin rumbo fijo, flotando y dejándose llevar por las circunstancias y por la (lo) corriente; al menos, una parte de ellas.


A la deriva narra la historia de siete mujeres en una casa de geishas venida a menos en Tokio, regentada por Otsuta (Isuzu Yamada), mujer de mediana edad, de conducta indecisa y jamás resuelta, que abandonó el servicio activo de geisha al no ajustarse a las reglas y servidumbres del mismo (no alternaba con los hombres que no le gustaban), y que no paga sus deudas. 

Orgullosa y pusilánime a la vez, con ínfulas de gran señora, no es capaz, no obstante (no diré “sin embargo”, por lo que viene a continuación), de impedir que la casa que gobierna, escuela y pensión de geishas, asediada por facturas pendientes de pago, vaya a la quiebra, deba hipotecarse y acaso venderse (su hermanastra y una madame de la competencia le presionan en ese sentido, aunque ello tampoco le perturbe). Con todo, A la deriva contiene un factor latente, un profundo problema, un eterno asunto que acompaña la vida en común de las mujeres… y de los hombres en todo tiempo y lugar.


En este reducto con alma de naufragio, en este bastión de esperanzas frustradas y objetivos inciertos, habita Kaysuyo (Hideko Takamine), hija de la ama de la casa, joven doncella que, resistiéndose a continuar el oficio de la madre, se encuentra literalmente varada, sin orientación ni apoyo materno; de hecho, Otsuta se niega incluso a revelar a la hija la identidad del padre (los personajes masculinos, los varones, apenas aparecen por la escena, sólo de manera circunstancial y transitoria: médico de visita profesional, recaderos, comerciantes). Las habitantes de la casa viven solas. Sin oficio ni beneficio, Kaysuyo vaga por la vivienda, asistiendo en segundo plano, como espectadora, a las vicisitudes que transcurren en el estrecho contorno.


Este gineceo de soledades, acoge, asimismo, a Yoneko (Chieko Nakakita), hermana de Otsuta, madre de una niña de corta edad, a quien instruyen en las artes de la geisha, y a dos mujeres de (la) compañía en activo, o eso quisieran ellas, porque apenas reciben llamadas de clientes, sencillamente esperan a ver lo que pasa y si cambia la suerte: Someka (Sumiko Kurishima), en base descendente, a quien ha abandonado su amante, y Nanako (Mariko Okada), aprendiza que apenas se ha estrenado en la profesión.

Sin apenas labor profesional que llevar a cabo y sin ocuparse de sus labores, Otsuta contrata a una criada, Rika Yamanaka (Kinuyo Tanaka), a quien, sin saber cómo llamarla (cuestión de acentos, afirman; la buena mujer proviene del mundo rural), deciden bautizarla con el significativo nombre de Oharu (notorio homenaje al personaje de dicho nombre en el célebre film [Saikaku ichidai onna, 1952] dirigido por Kenji Mizoguchi). 




Oharu, y en buena medida también Kaysuyo, representan el contrapunto perfecto en esta casa de descasadas. Principalmente, Oharu, debido a la excelencia del personaje, así como a la soberbia y conmovedora interpretación que consuma Kinuyo Tanaka, gran dama del cine japonés. Oharu es una mujer próxima al otoño de la vida, sencilla y servicial, amable y laboriosa, cuya desgracia es, justamente, haber perdido al marido y al hijo, los hombres de la casa. Ahora, sola y con sus propias fuerzas y su voluntad, debe salir adelante. 

Por su parte, Kaysuyo, quien no ha tenido relación con hombre alguno, teme que el estigma del oficio de la madre le dificulte encontrar marido. Mientras tanto, practica con la máquina de coser en su habitación, pues tal vez pueda ganarse la vida como costurera (la madre desdeña con altanería dicha perspectiva; además, le molesta, dice, el ruido que emite el artefacto), aceptando, al mismo tiempo, un horizonte de soledad (Naruse, sobre este pormenor, lo dice todo con imágenes).



Ambas mujeres, Oharu y Kaysuyo, asisten perplejas y desconcertadas a las divagaciones sobre la filosofía de la vida y ser o no ser (estar o no estar) de los hombres que sostienen las demás moradoras de la vivienda.


“¡Y cree que las mujeres no dependen de los hombres! ¿Verdad? ¡Dice que las mujeres no necesitan a los hombres!”. 

La amarga sentencia de Someka, resuena por toda la casa y a lo largo de A la deriva, soberbio film, pleno de sutileza y elegancia, en el que lo latente tiene más importancia que lo patente, en el que lo que sugiere y encierra, dentro de estas cuatro paredes, tan corredizas como resbaladizas, es todavía más dramático, amargo y desconsolador que lo que allí puede verse y escucharse.


domingo, 2 de abril de 2017

EL AÑO MÁS VIOLENTO (2014)


Título original: A Most Violent Year
Año: 2014
Duración: 124 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: J.C. Chandor
Guion: J.C. Chandor
Música: Alex Ebert
Fotografía: Bradford Young
Reparto: Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks, David Oyelowo, Christopher Abbott, Peter Gerety, Elyes Gabel, Catalina Sandino Moreno, Alessandro Nivola
Producción: A24 Films / Before The Door Pictures / Washington Square Films / FilmNation Entertainment / Old Bull Pictures


Suele decirse con buenas razones, a mi parecer que la revisión de una película es la mejor prueba crítica por la que pueda pasar: la prueba del paso del tiempo. Y es el caso que recientemente he vuelto a ver El año más violento (A Most Violent Year, 2014), film escrito y dirigido por J. C. Chandor, y me complace afirmar que el pase ha sido muy exitoso; tanto, que le he subido la calificación hasta… sobresaliente.

Tengo para mí que Chandor es un valor cinematográfico a reconocer y a no perderle de vista en su muy breve filmografía (hay anunciado el estreno para 2018 de un nuevo título con su firma). En el año 2011, hizo su debut en la realización fílmica con Margin Call, un trabajo que le reportó fama y aplausos, aunque lo considero, en conjunto, desafortunado, por no decir simplista y hasta oportunista. Favorecido por un reparto de nombres célebres y un asunto candente (el origen, en 2008, de la Crisis económica mundial), el producto se me antoja pretencioso, más lo ya dicho, y poco más. No conozco Cuando todo está perdido (All Is Lost, 2013), ni tampoco me interesa mucho a priori, para ser sincero.


Con todo, en El año más violento, Chandor demuestra gran talento y capacidad para acometer felizmente empresas de fuste y no poco arriesgadas. Porque como arriesgado y valiente debe juzgarse, en verdad, un film en el que el protagonistadigo más, el héroe— es nada menos que un empresario emprendedor (dos términos que ordinariamente van solapados o identificados cuando su significado es distinto). Con formato de thriller, combinando con destreza el drama, el cine de acción y el género gangster, el film narra la hazaña consistente en levantar un negocio, tener éxito, progresar en la labor, aspirar a hacerlo más grande y provechoso, y todo lo que ello cuesta…

Estados Unidos de América es, ciertamente, la tierra de las oportunidades, pero, no nos engañemos. Aun marcado el país por el Destino manifiesto (Manifest Destiny) y una cultura que remite a los principios y valores de la libertad y el enriquecimiento personal, no es ajeno a las miserias humanas y las viejas vigencias sociales, como son la envidia y el resentimiento, la violencia y la presión de los débiles que, por medio de ellas, se creen fuertes. Tampoco desconoce los efectos de la larga mano de la política que intenta pararle los pies al propio devenir de la economía.


Año 1981. Abel Morales (Oscar Isaac) y su mujer Anna (Jessica Chastain) han logrado afianzar una empresa de distribución y venta de gasóleo en la zona de Nueva York, hasta el punto de proponerse ampliar su radio de acción adquiriendo unos terrenos en la orilla oeste del río Hudson, con excelentes vistas de Manhattan, y así poder aumentar la capacidad de almacenaje del crudo adquirido, procedente de los pozos tejanos. Abel y Anna personifican el afán de trabajo, esfuerzo y superación, procurando que sus orígenes no arruinen su sueño; esto es, que el “destino determinista” (la raza, las raíces familiares, los instintos) no arruine el “destino manifiesto” (la voluntad, la libertad, la riqueza).

Abel, de origen mexicano, está plenamente integrado en la sociedad estadounidense. No busca encerrarse en un clan, en una “minoría”. Incluso pide a sus empleados hispanos que, en el trabajo y/o para dirigirse a él, hablen sólo en inglés. Es ambicioso e individualista, empeñado en no dejarse tentar por los usos de la fuerza y la coacción para seguir adelante, en tener sus papeles en regla, en actuar honestamente. Anna, por su parte, proviene de una famiglia de mafiosos, pero no pertenece a ella, y, bien es verdad, aquélla tampoco la importuna; la composición de una familia propia al margen de la nativa es muestra de su decisión de alejarse del ámbito y a los modos mafiosos, aunque las costumbres adquiridas en la nativa a veces vuelvan a aflorar en su conducta.


El conflicto entre las particulares personalidades de la pareja se pondrá de manifiesto cuando la violencia llame a su puerta con estruendo, no, precisamente, por parte de los “sospechosos habituales” y sus representantes oficiales, sino todo lo contrario. Aunque ello no logre truncar dicha unión conyugal. 

La normalidad y la buena posición de la familia Morales los hace sospechosos y/o peligrosos para algunos.

Por un lado, funcionarios del Gobierno (presumiblemente, del departamento de Hacienda) lleva varios años pisándoles los talones, investigando los balances contables de la empresa, incluso irrumpiendo sin miramientos en su domicilio (escena de la fiesta de cumpleaños de una de sus hijas) para practicar un registro. Ningún indicio acusa a los Morales, mas no por tal motivo cesa el acoso oficial. Los bancos les dejan en la estacada cuando más precisan de su ayuda, lo cual les lleva a buscar crédito económico por otros medios. Beligerantes y poco amistosos son, asimismo, una parte significativa de los competidores de Abel; alguno de los cuales, cuando es interpelado por el maltratado, aun negando su participación en los hechos (casi todos mienten), reconoce que, en el arte de los negocios, él es más hábil e industrioso que los demás, mejor que los otros. Acaso demasiado…



Los camiones de Morales que transportan el gasóleo son violentamente asaltados por piquetes, sus conductores golpeados y los vehículos robados con su valiosa carga. Simultáneamente, la vivienda de la familia es acosada de día y de noche con muy malas intenciones. Abel y Anna, así como el abogado que les asiste, están de acuerdo en que hay que defenderse de semejante agresión. La diferencia está en la manera de hacerlo: sin recurrir a la violencia o sirviéndose de ella. Por lo demás, el sindicato de conductores, estricto vigilante de la “seguridad en el trabajo” de sus afiliados, presiona a la empresa para que suministre a éstos armas de fuego al realizar sus rutas. En suma, Abel se siente presionado desde distintos frentes, aunque él resiste: protegerá a familia y empresa, pero a su manera.


El fuerte no es quien se vale de la fuerza coactiva para conseguir sus fines, sino quien es capaz de resistir y resistirse a ella. Finalmente, pierden los débiles y los cobardes. Abel no los odia. Simplemente, pide que le dejen en paz: basta de presiones y agresiones, basta de violencia. Tampoco desconoce la compasión, aunque cuando no puede taponar la arteria por la que brota la sangre del abatido, cierra la vía de escape del líquido negro que las balas han abierto en los contenedores. La vida debe continuar.

Malas noticias para los apologistas de la moral del fracaso y del ojo por ojo. En El año más violento fuerte es el que triunfa, a pesar de todo y de algunos. Ése el héroe, el bueno de la película.