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viernes, 19 de mayo de 2017

LA CASA NÚMERO 322 (1954)


Título original: Pushover
Año: 1954
Duración: 88 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Richard Quine
Guión: Roy Huggins, a partir de la novela de Bill S. Ballinger
Música: Arthur Morton
Fotografía: Lester White
Reparto: Fred MacMurray, Philip Carey, Kim Novak, Dorothy Malone, E.G. Marshall, Allen Nourse, Phil Chambers, Alan Dexter
Producción: Columbia Pictures


Si tengo que elegir entre mis diez (o incluso, cinco) films policiacos favoritos, uno de ellos lleva por título Pushover (La casa número 322, 1954), dirigido por Richard Quine. Este juego cinéfilo del Top Ten (o Five) fílmico, lo mismo que las comparaciones en general, cierto es, las tengo por algo ocioso (no odioso) e inocente; y ¿por qué no?, un tanto pushover…, término inglés que da título a la película seleccionada y puede traducirse tanto como “pan comido” cuanto “incauto”, tal que su protagonista principal, Paul Sheridan (Fred MacMurray). 

Toda predilección de este tipo, amén de personal, es harto caprichosa, y a veces hasta sorprendente. Ocurre que nuestras opciones favoritas en las listas de películas no señalan las mejores, sino las que más nos gustan, aquellas que no nos cansamos de ver, que nos fascinan, ¡qué caramba!

Tampoco es extraño que la cinta favorita tenga no pocos arañazos y rasgaduras. Incauto que es uno, podría decirse, dejándose atrapar por una presencia fascinante que nos domina; lo mismo que le sucede a Paul Sheridan en Pushover. Para empezar, se trata de un film con formato de telefilm, una producción de Columbia con aroma de serie B, rodada en estudio, con unos decorados de cartón-piedra, en el que uno casi huele la pintura fresca de las paredes, puertas y ventanas.
 
En el rodaje del film
Bien es verdad que el escenario de Pushover no tiene la talla de, por ejemplo, La ventana indiscreta (Rear Window), producida por Paramount Pictures y dirigida ese mismo año por Alfred Hitchcock, aunque en ambas películas puedan advertirse bastantes y curiosos paralelismos; también con la segunda parte de En bandeja de plata (Fortune Cookie, 1966. Billy Wilder). Cuestión de miradas, mirillas, mirones sin miramientos y una miríada de cosas más (ventanales, cortinas, vecinos, observatorios y otras observaciones).

El atrezzo, la utilería, no es nada destacable en Pushover, en verdad. Pero, sí cuenta con una banda sonora de primer nivel (firmada por Arthur Morton), y apostaría que inspiró la que acompaña las imágenes de L.A. Confidential (1997. Curtis Hanson). La fotografía, de la que es responsable Lester White, es, asimismo, estupenda. Las cosas como son.



Pushover comienza con la secuencia del atraco a una sucursal bancaria, urdido y comandado por Harry Wheeler (Paul Richards), con el resultado de muerte del guarda de seguridad de la entidad. El robo y el crimen desencadenan la trama del film, la búsqueda y captura del matón por parte del departamento de homicidios de la policía de Los Ángeles, al frente del cual se encuentra el teniente Carl Eckstrom (E. G. Marshall). En este momento, comienza realmente la película, lo cual hace del prólogo un elemento prescindible, por innecesario (bastaba con una referencia verbal al mismo o una elipsis para entrar en materia) y, sobre todo, porque la escena está muy mal rodada y se me antoja que incluso, penosa. Ah sí, pero el resto del film es emocionante, absorbente y de una gran calidad.

Wheeler consigue huir de la escena del robo y del crimen, y, tras deshacerse del resto de la banda, guarda en el maletero de su automóvil una cartera con el botín. Para sentirse plenamente realizado y dichoso sólo le falta encontrarse con su novia para darse la buena vida fuera y lejos de la ley. La novia, Lona McLane, está encarnada por Kim Novak, quien aquí lleva a cabo su primera aparición acreditada en el cine. No digo “interpretación” porque la Novak (y que me perdonen sus muchos fans) ni interpreta ni actúa. Mujer de generosas y hermosas carnes, no hay forma humana, sin embargo, de sacarle un gramo de ejercicio actoral. He aquí una circunstancia, un debe, que no debió escapársele al poco cándido e incauto Richard Quine, aunque en el haber, seguro que vislumbraba en esta despampanante jovencita (19 años al rodarse Pushover) un futuro como estrella del cine. Sea como fuere —¡qué remedio!—, la hizo su novia en la vida real.




Tampoco Fred MacMurray destaca en el papel protagonista. Actor discreto y envarado, en Pushover se limita a volver al papel que hizo en Perdición (Double Indemnity, 1944), película que, como es sabido, abrió amplios senderos en el género policíaco, más tarde repetidos una y otra vez; en esta ocasión, hasta por uno de los partícipes en este célebre clásico dirigido por Billy Wilder.

Ah sí, mas el resto del reparto consuma un trabajo excelente; justamente, los personajes “secundarios” del film: Philip Carey, Dorothy Malone, E.G. Marshall, Allen Nourse.


Como puede comprobarse, Pushover constituye una pieza muy singular: trabajo cinematográfico con notables limitaciones, lo tengo elevado a las alturas del género. Película de ritmo trepidante (magnífica labor de montaje); con un uso inteligente del misterio, el suspense y la acción; combinando con destreza situaciones de comedia (impagable la escena en que Dorothy Malone escenifica ante su compañera de apartamento cómo un seco, desconocido y atractivo vecino de la casa nº 322, la ha librado, sin despeinarse, de un moscón de lo más pelmazo) con una trama de drama; armando en perfecto paralelo dos relaciones sentimentales nacidas de sentimientos muy distantes (MacMurray/Novak; Carey/Malone); mostrando con habilidad los afectos humanos de la lealtad, la camaradería, la honestidad frente a las pasiones desatadas (“deseos humanos”, demasiado poco humanos) de la doblez, la codicia o la traición; etcétera.

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Pushover ejemplifica cinematográficamente, en menos de noventa minutos, las máximas atribuidas al arquitecto de origen germano Mies van der Rohe: “Less is more” (“Menos es más») y «Good is in the details» («Lo bueno está en los detalles»). El segundo lema escrito no es errata, sino libre adaptación cinematográfica, por mi parte. Ocurre que en el cine todo parecido con la realidad es pura coincidencia, circunstancia que nos procura, en no pocas ocasiones, agradables sorpresas.


2 comentarios:

  1. He visto la pelicula porque tengo un pack con peliculas de Kim Novak,y creo que me resultó bastante entretenida, cine negro efectivamente. Kim no era una gran actriz pero sí bellisima y su mirada encendia pasiones. Ha interpretado personajes que resultan inolvidables como en Picnic, Bésame tonto o Me enamoré de una bruja, Un extraño en mi vida o la famosísima Vertigo.. en todas ellas no deja indiferente aunque no tenga demasiados registros cumple su papel de femme fatale.

    Salucines, amigo Genovés.

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    1. Compruebo, amiga Abril, que estás entre los fans de Kim Novak. En efecto, no es una actriz notable, pero, sin duda, sí toda una estrella del cine.

      Salucines

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